Frida Violeta y yo
 
"Era enero, justo el primer día de clases luego de las vacaciones de
Navidad, estaba lloviendo y hacía mucho frío. A la hora de la salida, una perrita sarnosa y muy, muy pequeñita se abría paso lastimosamente entre los pies de los chiquillos.

Muchos se acercaban para tocarla porque les parecía bonita, pero los adultos los alejaban explicándoles que se podrían contagiar. No saben que esto no es posible en las personas que se bañan diario.

Yo la vi y me enamoré de ella. La recogí y la llevé al veterinario de
Prodan, en donde la bañaron y la curaron. Me la dieron al día siguiente. Sus patas estaban lasceradas de tanto caminar, su cuerpo casi no tenía pelo, sus ojos tenían una infección que tardó dos meses en sanar, pero era tan linda y, a pesar de todo ese sufrimiento, tan cariñosa y bien portada, que dudaba entre darla en adopción o quedarme con ella.

Dijo el veterinario que seguramente tenía más de dos meses de estar en la calle, y su edad era de un año.

Sufrió mucho, pero ahora puedo decir que Frida Violeta tiene una vida que ya la quisieran muchos perros, es vivaracha, brincona, cariñosa, y siempre que ladra, despega sus cuatro patas del suelo. Tardó más de tres meses en recuperar su pelo, pero ahora tiene un pelito suave y hermoso. Es una crucita de French minitoy y maltés, todo un tesoro.

Mis hijos tienen sólo un nombre, pero mi perrita, como nunca tendrá que escribir el suyo, tiene dos: Frida Violeta."

Rocío Diaz


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